Sus palabras cayeron en mí como la bofetada que me despertaba a la realidad arrancándome sin piedad de la dulce ignorancia.
-Estoy infectado. Me han mordido.
Quedé petrificada, inmóvil, con los ojos muy abiertos y un nudo en la garganta que me impedía pronunciar palabra. En aquel momento no supe reaccionar, me debatía entre el odio y el dolor… el dolor por él. Todo ahora cobraba sentido.
-Por eso te rechacé… quizás un simple beso hubiera sido suficiente para infectarte a ti también. Y no podía permitir que eso ocurriera. –Continuó diciendo con una voz carente de angustia o autocompasión. Tan solo buscando de perdón, eso era todo.
-¿Cuando? –Acerté a decir por fin.
-¿Que?
-¿Cu…Cuando pasó? ¿Cuando te… mordieron? –La garganta me pesaba tanto que apenas si fui capaz de pronunciar las palabras.
-¿Que más da cuando? Ocurrió, eso es todo.
-¡¡Tienes que decírmelo!! –Le exigí golpeándole con desesperación en el pecho con los puños.
Todo quedó en un silencio que hablaba por si solo. Conrad retiró la mirada de la mía no siendo capaz de contestar a algo que era tan obvio como cruel.
-Fue cuando viniste a rescatarnos ¿verdad? –Arranqué de mi garganta entre dolorosos sollozos mientras dos lágrimas rodaron por mis mejillas quemándome la piel como ácido.-Vas a morir por mi culpa…
-Una vida a cambio de dos, no me parece un mal trato. –Respondió al fin acariciando con una mano mis cabellos. En sus ojos no había rencor, no había acritud, tan solo había serenidad.
Conrad había dado la vida para salvarnos la nuestra a mi hermano y a mí. Se sacrificó por nosotros y lo hacía orgulloso y convencido. No se arrepentía, no hubiera querido volver al instante en que tomó la decisión de venir a rescatarnos y escoger otra elección que no fuera la que ya tomó. No me maldecía, ni me aborrecía. Todo lo que había hecho hasta el final, había sido protegerme. No pude evitarlo, unas silenciosas lágrimas volvieron a brotar de mis enrojecidos ojos, aunque tal era el dolor que sentía que no fui capaz de alzar el llanto.
-Por favor, no llores. –Trató de consolarme una vez más son su voz serena y firme mientras secaba mis lágrimas con una delicadeza que me conmovió. -No lo lamentes, yo no lo hago. Si mi vida ha servido para que tú y tu hermano sigáis adelante, no habrá vivido en vano.
En ese instante me tocó más hondo que nadie lo había hecho nunca. Supe que le amaba. Me había enamorado de él y sin embargo sería un amor cruel que el mezquino destino quiso que ni tan solo pudiera llegar a consumar.
-Sólo prométeme una cosa. Prométeme que vivirás. Que pase lo que pase, tu y tu hermano sobreviviréis a esta era para vivir en la siguiente. Prométemelo.
No fui capaz de contestar, los sentimientos que por él florecieron en mí me empujaban a hacer una locura. No deseaba quedarme. No deseaba seguir viviendo una vida que había costado la del hombre que amaba. Deseaba irme con él. Deseaba morir con él.
-Prométemelo –Insistió clavando su severa mirada en la mía.
-Te… Te lo prometo. –Contesté al fin. – Te prometo que pase lo que pase, no moriré hasta ver la nueva era.
El sonrió satisfecho. Era todo cuanto deseaba oír y yo ahora debía vivir por él, debía ver la nueva era…. por él.
Pasamos juntos el insignificante montón de minutos que nos separaban del amanecer. Sin hacer otra cosa que hablar. Quise que me contara quién era él. Si debíamos separarnos al menos deseba dejarle sabiendo que no era para mí un completo desconocido.
Le costó mucho hablarme sobre su pasado, le avergonzaba. De principio a fin la vida de Conrad no fue fácil. Siendo muy joven perdió a sus padres en un accidente automovilístico y pareció perder, junto a sus padres, la ilusión por vivir. Pasó de hogar adoptivo en hogar adoptivo sin encontrar ninguna familia donde llegara a encajar. Sin ser capaz de encontrar su lugar pasó su infancia en un orfanato y a medida que crecía se volvió un niño agresivo y problemático.
A los 14 años se escapó del hospicio y fue de aquí para allá dando tumbos por las calles. Se tornó huraño, quemado y sin ilusión. Cada noche recorría las calles en busca de algo que le hiciera sentir vivo, incontrolable y violento acabó por frecuentar malas compañías.
A los 16 fue detenido. Acusado de robo, disturbios, vandalismo, allanamiento de morada y agresión. Fue recluido en un reformatorio lugar donde conoció a un hombre, un asistente social que pareció tomarle como reto personal; el padre de Michel, por ello su gran amigo era el único que sabía de su pasado. Gracias a él decidió emprender su vida en un nuevo rumbo volver a estudiar. A los 18 años salió y tomando la herencia de sus padres, se forjó una vida de cero. Se graduó en el instituto y decidió empezar una carrera universitaria.
Una nueva vida de la que sentirse orgulloso de no ser por que él no lo estaba. Le seguía faltando aquello que únicamente en el último día de su vida pareció haber encontrado al fin. Aquello que le fue robado cuando sus padres le fueron arrebatados por un conductor borracho. La esperanza.
El sol alumbró en el horizonte. Un cielo azulado como pocos se engalanaba de reflejos cálidos y dorados que parecían reverenciar el último amanecer de un hombre bueno.
Permanecimos sentados el uno junto al otro sin mediar palabra. Por un instante los dos en soledad nos alejamos de toda la miseria que nos rodeaba. Nos alejamos de los sin nombre, nos apartamos de una ciudad agonizante, volamos juntos a cientos de kilómetros de una tierra que moría bajo el yugo de los no muertos, lejos de todo y de todos. Un instante de paz, un instante de sosiego, un precioso amanecer que parecía nacer únicamente para nosotros dos; un instante de libertad.
El momento llegó. Conrad se puso en pié y le seguí con pesar hasta la escalera de emergencia que le llevaría allá donde no podría ir con él. Fue un momento amargo como pocos. Un inocente caminando “la milla verde”.
-Cuando yo haya bajado, recoge la escalera. –Dijo mientras la desplegaba hasta la calle con resignación.
-Te vas… y ni tan solo puedo darte un beso.
-Me conformaré con un abrazo, ¿de acuerdo? –Contestó con una cálida sonrisa.
Le abracé con todas mis fuerzas y deseé no soltarle nunca.
-Siento que no nos hayamos conocido en otras circunstancias. –Dijo con melancolía.
-Te quiero… -Le dediqué yo como últimas palabras.
En ese instante, aún abrazados acercó sus labios a mi oído y dejó caer en ellos los susurros de lo que serían las últimas palabras que Conrad pronunciaría en vida.
Las lágrimas volvieron a deslizarse por mis mejillas cuando él deshizo nuestra unión. Sentía que algo dentro de mi se rompía cuando vi como descendía por la escalera, como ponía el primer pié en las calles y como se alejaba de mí andando sin prisa alguna ataviado con una sonrisa agridulce en los labios.
Quedé inmóvil siguiéndole con la mirada en su marcha, siguiéndole en los primeros pasos de un viaje, un viaje sin billete ni equipaje. Un último viaje que a mi pesar realizaría en solitario.
Llegó hasta la esquina, pero antes de doblarla, se volvió, me dedicó una hechizadora última mirada y volvió a sonreír, tras ello desapareció. Pasó un minuto, quizás dos, tras lo cual se oyó un único disparo que reverberó en toda la ciudad como la ira del dios del trueno. Después… nada.
Caí de rodillas en el suelo, destrozada. Lloré y lloré sintiéndome sola, desamparada y arrancada del hombre que amaba. Lloré como jamás lo había hecho y como jamás lo volví a hacer. Quise morir, quise seguirle allí donde él fue con paso firme, pero no pude. Le debía la vida, le debía la vida de mi hermano y le debía el cumplimiento de su última voluntad.
Una última voluntad que me susurró al oído cuando aún le tenía entre mis brazos: “Horaci Mann, un pedagogo estadounidense dijo una vez, avergüénzate de morir antes de haber conseguir alguna victoria para la humanidad. Yo me conformo con haber ganado una pequeña batalla. La victoria la tendrás que conseguir tú”.
Conrad no fue un aclamado líder de la resistencia, ni un miembro del ovacionado grupo de científicos que halló la respuesta a la infección, ni tampoco fue una de esas admiradas figuras militares que reorganizaron lo que quedaba de humanidad y se levantaron en armas contra la invasión de los no muertos devolviéndonos finalmente nuestro mundo.
Él tan solo fue un hombre, uno de tantos héroes anónimos que el Apocalipsis se llevó consigo y a quien la historia no amparará en su recuerdo. Los libros de historia no hablarán de él, no se construirán colegios, museos o plazas que lleven su nombre, tampoco se escribirán canciones sobre su persona, pero sin embargo, ese hombre, como seguro hubo muchos más como él, será recordado por siempre por unos pocos. Por unos pocos a los que nos infundió esperanza, a los que nos inculcó valor y logró que diéramos con las fuerzas necesarias para seguir adelante. Fuerzas para no dar un paso atrás, para no aceptar la derrota aunque esta pareciera inevitable y ante todo, de todo corazón, porque gracias a él, los que seguimos vivos lo estamos.
Lamentablemente, no todo el grupo de “los supervivientes de Conrad” sobrevivió al Apocalipsis, sin embargo no diré quienes de nosotros quedamos atrás. Y no lo diré por que lo importante no es lo que dejamos atrás, si no que lo que verdaderamente importa es que algunos quedamos para ver el renacer de la era de la humanidad.
Es posible que este diario sólo signifique algo para esos pocos, puede que el rostro de Conrad solamente permanezca en el recuerdo de un número de supervivientes que se puede contar con los dedos de una mano, sin embargo, mis hijos lo leerán. Sabrán que en una era pasada existió un hombre llamado Conrad, un hombre bueno gracias al cual esos pocos seguimos con vida.
Conrad… quiero que sepas, estés donde estés, que logramos llegar. Puedes descansar en paz.
Diario de un Superviviente - Fin.
****************************************************