Home
< back | 0 - 10 |  
conrad_hart [userpic]

Despedida

July 21st, 2006 (05:37 am)

Cuando descubrí el blog de MundoCadaver allá por mediados de enero y vi como tanta gente se volcó a crear una especie de “experiencia colectiva” paralela al relato de Mundo, donde casi todos los que interveníamos lo hacíamos simulando la invasión zombie desde nuestros respectivos lugares de residencia no pude resistirme a participar aportando mi pequeño granito de arena, contando mi propia historia dentro de mi mismo barrio.

Todo empezó de un modo muy tenue, pues en ningún momento creí que acabaría por apasionarme tanto por escribir una historia como lo he hecho con “el diario de un superviviente” Tras siete meses he escrito cerca de 120 páginas, con lo que viene a ser la historia más extensa a la que me he dedicado.

Desde luego en un principio no pensé que dedicaría tantos esfuerzos a este pequeño proyecto, pero poco a poco se transformó en una parte importante de mi rutina diaria. Siempre he sido aficionado a la escritura y he disfrutado mucho escribiendo esta pequeña historia paralela a Apocalipsis Zombie, me ha resultado muy útil para evadirme una hora diaria del hábito del día a día y para practicar y evolucionar un poco en una afición que tenía algo aparcada, pero creo que ya es hora de pasar página y cerrar este pequeño capítulo de mi vida.

No exagero cuando digo que tomar la decisión de poner punto y final no ha sido fácil. La principal razón por la que me ha costado tanto ha sido por que le he cogido mucho cariño a mis personajes, a todos y cada uno de los miembros de mi pequeño grupo de supervivientes que ya casi eran para mi unos viejos amigos. No obstante todo lo que tiene un principio ha de tener un final y he preferido dar una conclusión a la historia a continuar y acabar por dejarla a medias más adelante.

En fin, hasta aquí han llegado las desventuras de Conrad y su pequeño grupo de supervivientes, espero que hayáis disfrutado tanto leyéndola como yo lo he hecho escribiéndola y no quisiera despedirme sin agradecer y dedicar este pequeño relato a todos aquellos que habéis seguido mi historia, a esos buenos amigos míos que me animaron a retomarla cuando estuve a punto de abandonarla tiempo atrás, y especialmente a Mundo Cadáver por haberme inspirado para escribirla y a los foreros de Apocalipsis zombie por que sin vosotros este año hubiera sido mucho más aburrido. Sois todos la hostia.

Gracias a todos.

conrad_hart [userpic]

Epílogo (2º parte): Réquiem a la muerte de un héroe anónimo - FIN

July 21st, 2006 (05:25 am)

Sus palabras cayeron en mí como la bofetada que me despertaba a la realidad arrancándome sin piedad de la dulce ignorancia.

-Estoy infectado. Me han mordido.

Quedé petrificada, inmóvil, con los ojos muy abiertos y un nudo en la garganta que me impedía pronunciar palabra. En aquel momento no supe reaccionar, me debatía entre el odio y el dolor… el dolor por él. Todo ahora cobraba sentido.

-Por eso te rechacé… quizás un simple beso hubiera sido suficiente para infectarte a ti también. Y no podía permitir que eso ocurriera. –Continuó diciendo con una voz carente de angustia o autocompasión. Tan solo buscando de perdón, eso era todo.

-¿Cuando? –Acerté a decir por fin.

-¿Que?

-¿Cu…Cuando pasó? ¿Cuando te… mordieron? –La garganta me pesaba tanto que apenas si fui capaz de pronunciar las palabras.

-¿Que más da cuando? Ocurrió, eso es todo.

-¡¡Tienes que decírmelo!! –Le exigí golpeándole con desesperación en el pecho con los puños.

Todo quedó en un silencio que hablaba por si solo. Conrad retiró la mirada de la mía no siendo capaz de contestar a algo que era tan obvio como cruel.

-Fue cuando viniste a rescatarnos ¿verdad? –Arranqué de mi garganta entre dolorosos sollozos mientras dos lágrimas rodaron por mis mejillas quemándome la piel como ácido.-Vas a morir por mi culpa…

-Una vida a cambio de dos, no me parece un mal trato. –Respondió al fin acariciando con una mano mis cabellos. En sus ojos no había rencor, no había acritud, tan solo había serenidad.

Conrad había dado la vida para salvarnos la nuestra a mi hermano y a mí. Se sacrificó por nosotros y lo hacía orgulloso y convencido. No se arrepentía, no hubiera querido volver al instante en que tomó la decisión de venir a rescatarnos y escoger otra elección que no fuera la que ya tomó. No me maldecía, ni me aborrecía. Todo lo que había hecho hasta el final, había sido protegerme. No pude evitarlo, unas silenciosas lágrimas volvieron a brotar de mis enrojecidos ojos, aunque tal era el dolor que sentía que no fui capaz de alzar el llanto.

-Por favor, no llores. –Trató de consolarme una vez más son su voz serena y firme mientras secaba mis lágrimas con una delicadeza que me conmovió. -No lo lamentes, yo no lo hago. Si mi vida ha servido para que tú y tu hermano sigáis adelante, no habrá vivido en vano.

En ese instante me tocó más hondo que nadie lo había hecho nunca. Supe que le amaba. Me había enamorado de él y sin embargo sería un amor cruel que el mezquino destino quiso que ni tan solo pudiera llegar a consumar.

-Sólo prométeme una cosa. Prométeme que vivirás. Que pase lo que pase, tu y tu hermano sobreviviréis a esta era para vivir en la siguiente. Prométemelo.

No fui capaz de contestar, los sentimientos que por él florecieron en mí me empujaban a hacer una locura. No deseaba quedarme. No deseaba seguir viviendo una vida que había costado la del hombre que amaba. Deseaba irme con él. Deseaba morir con él.

-Prométemelo –Insistió clavando su severa mirada en la mía.

-Te… Te lo prometo. –Contesté al fin. – Te prometo que pase lo que pase, no moriré hasta ver la nueva era.

El sonrió satisfecho. Era todo cuanto deseaba oír y yo ahora debía vivir por él, debía ver la nueva era…. por él.

Pasamos juntos el insignificante montón de minutos que nos separaban del amanecer. Sin hacer otra cosa que hablar. Quise que me contara quién era él. Si debíamos separarnos al menos deseba dejarle sabiendo que no era para mí un completo desconocido.

Le costó mucho hablarme sobre su pasado, le avergonzaba. De principio a fin la vida de Conrad no fue fácil. Siendo muy joven perdió a sus padres en un accidente automovilístico y pareció perder, junto a sus padres, la ilusión por vivir. Pasó de hogar adoptivo en hogar adoptivo sin encontrar ninguna familia donde llegara a encajar. Sin ser capaz de encontrar su lugar pasó su infancia en un orfanato y a medida que crecía se volvió un niño agresivo y problemático.

A los 14 años se escapó del hospicio y fue de aquí para allá dando tumbos por las calles. Se tornó huraño, quemado y sin ilusión. Cada noche recorría las calles en busca de algo que le hiciera sentir vivo, incontrolable y violento acabó por frecuentar malas compañías.

A los 16 fue detenido. Acusado de robo, disturbios, vandalismo, allanamiento de morada y agresión. Fue recluido en un reformatorio lugar donde conoció a un hombre, un asistente social que pareció tomarle como reto personal; el padre de Michel, por ello su gran amigo era el único que sabía de su pasado. Gracias a él decidió emprender su vida en un nuevo rumbo volver a estudiar. A los 18 años salió y tomando la herencia de sus padres, se forjó una vida de cero. Se graduó en el instituto y decidió empezar una carrera universitaria.

Una nueva vida de la que sentirse orgulloso de no ser por que él no lo estaba. Le seguía faltando aquello que únicamente en el último día de su vida pareció haber encontrado al fin. Aquello que le fue robado cuando sus padres le fueron arrebatados por un conductor borracho. La esperanza.

El sol alumbró en el horizonte. Un cielo azulado como pocos se engalanaba de reflejos cálidos y dorados que parecían reverenciar el último amanecer de un hombre bueno.

Permanecimos sentados el uno junto al otro sin mediar palabra. Por un instante los dos en soledad nos alejamos de toda la miseria que nos rodeaba. Nos alejamos de los sin nombre, nos apartamos de una ciudad agonizante, volamos juntos a cientos de kilómetros de una tierra que moría bajo el yugo de los no muertos, lejos de todo y de todos. Un instante de paz, un instante de sosiego, un precioso amanecer que parecía nacer únicamente para nosotros dos; un instante de libertad.

El momento llegó. Conrad se puso en pié y le seguí con pesar hasta la escalera de emergencia que le llevaría allá donde no podría ir con él. Fue un momento amargo como pocos. Un inocente caminando “la milla verde”.

-Cuando yo haya bajado, recoge la escalera. –Dijo mientras la desplegaba hasta la calle con resignación.

-Te vas… y ni tan solo puedo darte un beso.

-Me conformaré con un abrazo, ¿de acuerdo? –Contestó con una cálida sonrisa.

Le abracé con todas mis fuerzas y deseé no soltarle nunca.

-Siento que no nos hayamos conocido en otras circunstancias. –Dijo con melancolía.

-Te quiero… -Le dediqué yo como últimas palabras.

En ese instante, aún abrazados acercó sus labios a mi oído y dejó caer en ellos los susurros de lo que serían las últimas palabras que Conrad pronunciaría en vida.

Las lágrimas volvieron a deslizarse por mis mejillas cuando él deshizo nuestra unión. Sentía que algo dentro de mi se rompía cuando vi como descendía por la escalera, como ponía el primer pié en las calles y como se alejaba de mí andando sin prisa alguna ataviado con una sonrisa agridulce en los labios.

Quedé inmóvil siguiéndole con la mirada en su marcha, siguiéndole en los primeros pasos de un viaje, un viaje sin billete ni equipaje. Un último viaje que a mi pesar realizaría en solitario.

Llegó hasta la esquina, pero antes de doblarla, se volvió, me dedicó una hechizadora última mirada y volvió a sonreír, tras ello desapareció. Pasó un minuto, quizás dos, tras lo cual se oyó un único disparo que reverberó en toda la ciudad como la ira del dios del trueno. Después… nada.

Caí de rodillas en el suelo, destrozada. Lloré y lloré sintiéndome sola, desamparada y arrancada del hombre que amaba. Lloré como jamás lo había hecho y como jamás lo volví a hacer. Quise morir, quise seguirle allí donde él fue con paso firme, pero no pude. Le debía la vida, le debía la vida de mi hermano y le debía el cumplimiento de su última voluntad.

Una última voluntad que me susurró al oído cuando aún le tenía entre mis brazos: “Horaci Mann, un pedagogo estadounidense dijo una vez, avergüénzate de morir antes de haber conseguir alguna victoria para la humanidad. Yo me conformo con haber ganado una pequeña batalla. La victoria la tendrás que conseguir tú”.

Conrad no fue un aclamado líder de la resistencia, ni un miembro del ovacionado grupo de científicos que halló la respuesta a la infección, ni tampoco fue una de esas admiradas figuras militares que reorganizaron lo que quedaba de humanidad y se levantaron en armas contra la invasión de los no muertos devolviéndonos finalmente nuestro mundo.

Él tan solo fue un hombre, uno de tantos héroes anónimos que el Apocalipsis se llevó consigo y a quien la historia no amparará en su recuerdo. Los libros de historia no hablarán de él, no se construirán colegios, museos o plazas que lleven su nombre, tampoco se escribirán canciones sobre su persona, pero sin embargo, ese hombre, como seguro hubo muchos más como él, será recordado por siempre por unos pocos. Por unos pocos a los que nos infundió esperanza, a los que nos inculcó valor y logró que diéramos con las fuerzas necesarias para seguir adelante. Fuerzas para no dar un paso atrás, para no aceptar la derrota aunque esta pareciera inevitable y ante todo, de todo corazón, porque gracias a él, los que seguimos vivos lo estamos.

Lamentablemente, no todo el grupo de “los supervivientes de Conrad” sobrevivió al Apocalipsis, sin embargo no diré quienes de nosotros quedamos atrás. Y no lo diré por que lo importante no es lo que dejamos atrás, si no que lo que verdaderamente importa es que algunos quedamos para ver el renacer de la era de la humanidad.

Es posible que este diario sólo signifique algo para esos pocos, puede que el rostro de Conrad solamente permanezca en el recuerdo de un número de supervivientes que se puede contar con los dedos de una mano, sin embargo, mis hijos lo leerán. Sabrán que en una era pasada existió un hombre llamado Conrad, un hombre bueno gracias al cual esos pocos seguimos con vida.

Conrad… quiero que sepas, estés donde estés, que logramos llegar. Puedes descansar en paz.



Diario de un Superviviente - Fin.


****************************************************

conrad_hart [userpic]

Epílogo (1º parte): Réquiem a la muerte de un héroe anónimo.

July 19th, 2006 (04:50 am)

Ha pasado mucho tiempo desde que lo descrito en este diario sucedió. Fueron tiempos difíciles, pero tal como Conrad dejó escrito en estas páginas, la era de la oscuridad pasó. He guardado este diario desde entonces y lo he cuidado y custodiado como un tesoro, pues realmente para todos los supervivientes del grupo de Conrad, este cuaderno lo es.

Una parte de nosotros murió con él, pero otra se vio alentada a seguir adelante estimulada por su valor y ahora que la pesadilla quedó atrás, consideramos que el legado que él nos dejó está incompleto sin añadir unos últimos pasajes. Los pasajes que corresponden a los que fueron los últimos instantes en vida de un hombre. Un simple e insignificante hombre que sin embargo ha quedado a sangre y a fuego grabado en lo que, como él mismo solía decir, “nos hace humanos”.

Entre todos los que quedamos, hemos resuelto que sería yo misma quien los añadiera, pues fui yo quien compartió con el sus últimos minutos, sus últimas palabras, sus últimos deseos y sus últimos sentimientos.

Así pues, este es mi homenaje, por pobre que pueda ser, que dedico a un hombre con el que apenas compartí un día, pero que permanecerá en mi corazón durante el resto de mi vida.

No se que fue lo que me llevó a subir a aquella azotea, necesitaba desahogarme a solas supongo. Ahora sin embargo ahora gracias a Dios por lo que fuera que me llevó hasta allí cegada por las lágrimas.

Pasé llorando horas en aquella terraza, acurrucada entre dos columnas y con la luna como única compañía.

En aquel momento no fui capaz de entender como pudo decirme aquello. “¿Estás regalándome tu cuerpo como agradecimiento?” Era prácticamente lo más horrible que nadie me había dicho jamás, me había tratado de puta y viniendo de él me había dolido como si me hubieran atravesado el pecho con un hierro al rojo. Ahora que sé por que lo hizo, únicamente he logrado sentirme más despreciable por haberle llegado a odiar.

Y sí, le debía mi vida y también la de mi hermano, pero aunque a penas hacía 12 horas que nos conocíamos no me avergüenza admitir que le deseaba. Jamás me había topado con nadie como él, nunca conocí a nadie con tanto valor y yo había pasado tanto tiempo sola que tal vez me dejé impresionar. En cuanto le conocí creí que era un hombre bueno, y era un hombre bueno. No obstante durante esas escasas 3 horas creí que le había jugado mal.

El cielo empezó a clarear, el alba despuntaba y la suave brisa matinal secó mis lágrimas. Cuando tomé la determinación de bajar y tratar de dormir unas horas me topé de frente con él junto a la puerta de la terraza. No se cuanto tiempo llevaba allí observándome en silencio pero eso me hizo sentirme aún más miserable. Le odié, no fui capaz de mirarle a la cara. Traté de pasar de largo y desaparecer de su vista lo antes posible, sin embargo él me detuvo.

-Espera… por favor no te vayas. –Dijo con voz suave mientras me cerraba el paso.

Yo no quería escucharle, sólo deseaba no respirar el mismo aire que él. Traté de abrirme paso pero no me lo permitió.

-Por favor… sólo quiero disculparme. –Insistió una vez más.

Levanté la vista con cólera dispuesta a gritarle que se apartara de mí, que no quería volver a verle, que le odiaba y que ojalá nunca le hubiera conocido pero cuando vi su mirada, algo en ella me desarmó.

-Sara, me estoy muriendo. Por favor no dejes que me marche con esto en la conciencia.

conrad_hart [userpic]

El último amaecer

July 19th, 2006 (04:48 am)

Son las 5 de la mañana. He pasado cerca de 3 horas escribiendo en este pequeño cuaderno todo cuanto ha acontecido en el transcurso de este largo día. El asalto a las calles, recorrer avenidas repletas por las hordas de los sin nombre, el encuentro con Sara y su pequeño hermano Eric, la puerta del almacén oculta tras las estanterías, el regreso a casa, la pequeña celebración de nuestro éxito… todo cuanto recuerdo ha quedado plasmado en esta pequeña libreta. A ojos ajenos puede parecer absurdo malgastar las últimas horas de vida escribiendo un diario, pero este cuaderno es todo cuanto quedará de mí tras mi marcha.

En efecto, mi hora no está ya lejos. Esta mañana he sido mordido. Estoy infectado. Siento no haberos dicho nada, pero no quería pasar mis últimas horas de vida entre lágrimas y condolencias. En pocas horas seré uno de ellos si no lo remedio y desde luego, no es siendo un sin nombre como deseo acabar mis días. Afortunadamente, tengo alternativa. No seré uno de ellos, jamás.

He vuelto a ojear mis notas, llevo escribiendo mis pensamientos en este diério desde del principio, desde que el Apocalipsis se desató y releer sus páginas es como estar reviviendo una parte de mi vida; la parte más crucial, de hecho. Quizás la única que verdaderamente merece la pena recordar. Han pasado muchas cosas desde entonces. Muchas horribles, otras sin embargo, no tan malas.

Me doy cuenta ahora de lo mucho que he cambiado desde que todo esto empezó. Por extraño que parezca, es precisamente ahora, durante la era más oscura que le ha tocado vivir a la humanidad, cuando verdaderamente he empezado a conocerme a mi mismo. Cuando he empezado a caminar con mis propios pies y cuando he empezado a vivir por alguien más que no sea exclusivamente yo mismo.

Siempre he sabido que algo me faltaba en mi vida, era consciente, un vacío que me carcomía las entrañas, algo que no era capaz de llenarse con nada que pudiera tocar con la yema de los dedos pero nunca he sabido exactamente que. Algo que sin embargo he sido capaz de discernir por mi mismo cuando más falta me había hecho. He descubierto, que por adverso que nos haya sido el destino, por duro que haya sido nuestro camino, hemos sabido seguir adelante. Me he dado cuenta de que mientras hay vida, hay esperanza, y mientras haya esperanza no estaremos del todo acabados.

No lloréis por mí. Si para algo ha de valer mi muerte, es para haceros más fuertes. Aunque hoy mi vida haya tocado a su fin, he vivido este día con la intensidad de toda una vida. Hoy por primera vez en mucho tiempo he vivido según mi deseo y ahora, moriré de igual modo. Por primera vez, estoy satisfecho de mi mismo, y de la vida que he llevado.

He dejado este cuaderno a la vista para que lo encontréis cuando ya no esté. Siento no haberme despedido de vosotros personalmente pero detesto los melodramas. Este es mi único legado. Tan solo espero que con él recordéis que aunque para mi el camino ha llegado al su fin, dejo aquí a 7 personas que ocurra lo que ocurra nunca dejarán de luchar.

Seguid adelante, vivid, hacerlo por todos los que nos quedamos atrás y lamentablemente no sobrevivimos para ver el renacer de la era del hombre, por que sabed que esta era de oscuridad pasará. Espero que tengáis en vida la misma esperanza que yo me llevo en la muerte.

Solamente me resta una cosa por hacer en vida, subir a la azotea y ver un último amanecer.
No me arrepiento de nada.

Si yo caí, “la resistance” triunfó.

Hasta siempre.

conrad_hart [userpic]

Claro de luna

July 17th, 2006 (05:02 am)

Tras la conversación que tuve con el padre de Marta volví a mi habitación. La última vez que me vería entre aquellas cuatro paredes. Al acostarme en la deshecha cama se me escaparon las lágrimas. Ya era demasiado tarde como para lamentarse, pero no dejo de ser un simple hombre. Puede que en el pasado me hubiera recriminado a mi mismo una señal de debilidad como aquella, pero dadas las circunstancias ¿Qué más daba? Es más, me alegraba comprobar que aún conservo esa faceta en mí. Las lágrimas eran quizás la única prueba auténtica de que aún sigo siendo humano.

Marcharme y dejar atrás a mis compañeros es probablemente lo más duro que me habría visto obligado a hacer en la vida, sin embargo mi partida no era cuestión de elecciones, en verdad no tenía opción. Cada uno ha de hacer lo que debe, y eso es lo que yo he de hacer.

Eran cerca de las 2 de la mañana, la habitación estaba vaporosamente iluminada con la tenue claridad de una noche de luna llena que teñía los reflejos de plata y azul. Me encontraba absorto en mis pensamientos cuando alguien llamó a mi puerta con discreción.

-Conrad… ¿aun estás despierto? –Dijo en voz baja nuestra nueva compañera desde el otro lado de la puerta.

-Si… -Respondí secándome con rapidez las lágrimas del rostro. –Pasa…

No me esperaba su visita y en verdad hubiera preferido que no hubiera venido. Mi decisión de marcharme ya era demasiado dura de por si como para que me dieran más motivos para desear quedarme. Pareció dudar un poco antes de hacer girar el pomo y entrar, pero finalmente lo hizo. Iba vestida con una larga camiseta blanca que le llegaba hasta casi por las rodillas, se había soltado el pelo y sus preciosos ojos verdes parecían brillar como gemas bajo el delicado claro de luna.

Cerró la puerta tras de sí y se quedó como retraída junto a ella, con el rostro cohibido y las manos entrelazadas. Como buscando unas palabras que no se atrevía a pronunciar.

-¿Ocurre algo? –Pregunté extrañado ante su indeciso gesto.

-N…no… -Respondió con voz entrecortada aun sin ser capaz de arrancar las palabras adecuadas de su garganta. –Yo solo…

Permanecimos ambos sumergidos en un embarazoso silencio durante un minuto, puede que dos.

-No soy capaz de pegar ojo –Dijo por fin la muchacha.

-Pronto te acostumbrarás a todo esto, no te preocupes –Contesté sin saber todavía a que venía todo aquello.

-Si, claro… yo… siento haberte molestado. –Dijo con voz titubeante mientras hacía ademán de irse.

-¿Que es lo que te ocurre de verdad, Sara? –Le pregunté antes de darle tiempo a abrir nuevamente la puerta.

Debía haberla dejado marchar pero la curiosidad me pudo. Ella quedó inmóvil durante unos instantes agarrando indecisa con una mano el tirador de la puerta hasta que finalmente encontró el valor que pareció estar buscando desde que cruzó la entrada a mi dormitorio. Vino hasta donde yo me encontraba y sin mediar palabra se recostó sobre mí.

Llevó sus manos a mis cabellos y pude sentir como sus labios ardían en el roce contra mi cuello. Hacía tanto tiempo que no tenía una mujer entre mis brazos que instintivamente no pude más que dejarme llevar por el deseo. La cubrí con mis brazos y acaricié su espalda lentamente con la yema de mis dedos.

Sentí el calor que desprendía su cuerpo en contacto con el mío, el latir de su corazón en mi pecho, sus cándidos besos bajar por mi cuello, el arder de la punta de los dedos al tocar su piel, los susurros, las emociones... una sensación maravillosa que creía ya olvidada.

Suspiré profundamente cuando su mano bajó por mi pecho y una oleada de electrizante sensualidad puso de punta el vello de mi torso cuando la introdujo por debajo de mi camiseta. Se irguió sobre mí y quedamos unos instantes mirándonos a los ojos. Aquella preciosa chica me ofrecía su amor con timidez y yo no era capaz de negar el ardor que sentía por ella. Acaricié sus mejillas y nuestras manos se entrelazaron con la naturalidad de unos veteranos amantes.

Cerró aquellos hechizadores ojos verdes que me embelesaban y bajó con lentitud buscando mis labios. Deseaba tanto fundirme con ellos que cada segundo de espera me dolía, y tanto me dolió que la realidad acabó por arrancar mi razón del fondo del torbellino de pasión donde desearía haberme ahogado. Antes de que nuestros labios se rozaran la detuve sujetándola por los hombros con ambas manos.

-No….-Dije apartándola de mi.

-¿Que?... ¿Por que?... –Acertó a decir ella entre jadeos.

Me levanté de la cama y apoyé la frente y ambos brazos contra la pared, resoplé profundamente. Por más que deseaba hacer el amor con aquella chica, no podía, ya no. Debía evitarlo a toda costa, y no por mí. Por ella.

-No podemos… lo siento…-Acerté a decir tratando de apaciguar las sensaciones que aún ardían en mi interior.

-No… ¿No te gusto? –Pareció desistir ella bajando la mirada con cierto pudor.

-Claro que me gustas… mucho…

-Entonces ¿por…?

– ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Por que os rescaté? –La interrumpí tratando de resultar cruel – ¿Estás regalándome tu cuerpo como agradecimiento?

Se me quedó mirando con los ojos muy abiertos. Su cara expresaba tanto asombro como decepción. Sus preciosos ojos verdes se inundaron en lágrimas y salió llorando en silencio de mi habitación. La había herido de una forma atroz. Hubiera dado cualquier cosa por no haberme visto empujado a ello pero debía alejarla de mi a costa de lo que fuese. De lo contrario hubiera compartido mi mismo destino.

Lo siento Sara, de corazón, pero donde yo voy no puedes seguirme.

conrad_hart [userpic]

Una larga noche

July 14th, 2006 (04:36 am)

Utilizamos uno de los apartamentos de la novena planta como despensa. Había cajas, garrafas y bolsas por todas partes, una visión que resultaba tan hermosa como perturbadora. El mundo había cambiado y nosotros con él. En el pasado la visión de aquellos alimentos se nos antojaría algo tan usual como falto de importancia. Era algo que en la ya caída sociedad occidental dábamos por sentado. Todo cuanto precisábamos para hacernos con ello era dinero y acercarse al comercio más cercano, eso era todo.

Pero como he dicho, el mundo ha cambiado. Ahora el dinero no tiene valor alguno, las calles ya no nos pertenecen y poner un pié en ellas significa jugarse la vida. En un mundo como en el que ahora vivíamos todo cuanto coronaba aquella habitación era una visión tan hermosa como antes podría habérmelo parecido el Porsche Carrera GT del 2004. Una delicia para los sentidos que podíamos disfrutar mientras acomodábamos el avituallamiento que nos mantendría con vida durante quizás el tiempo suficiente como para que llegara el despertar de esta pesadilla.

De improviso Michel se puso a tararear los primeros tonos del Satisfaction de los Rolling Stones. Pronto nos vimos acompañándole todos a una hasta que finalmente nos lanzamos a corearla.

can't get no satisfaction,
I can't get no satisfaction.
'Cause I try and I try and I try and I try.
I can't get no, I can't get no….

Estábamos unidos, sentíamos renovadas nuestras fuerzas y nuestra fe. Habíamos logrado forjar nuevas esperanzas y lo habíamos hecho juntos. Por primera vez en mucho tiempo no había pesar en nuestros rostros, no había dudas ni desesperanza. Por un instante, entonando uno de los más emblemáticos himnos del rock clásico de la pasada era, toda la oscuridad que nos rodeaba pareció desaparecer por completo dejándonos disfrutar por unos momentos de nuestra pequeña victoria. De alguna manera, en aquel lugar, en aquel momento, éramos libres.

Esta noche decidimos saltarnos momentáneamente la disciplina del racionamiento de víveres y para celebrarlo nos concedimos un buen festín. La primera cena de verdad que habíamos tenido en meses, nos lo merecíamos. Fue una noche muy larga, la primera desde el inicio del Apocalipsis en que nada existía en el mundo aparte de nosotros 8. Pasamos horas hablando, riendo, recordando y disfrutando de aquel pequeño momento de gloria que nos alejaba momentáneamente de una angustia que no concedía tregua.

Michel y Natalia parecían ser felices juntos. Se querían, se tenían el uno en el otro para apoyarse y supongo que nada más les hace falta para seguir adelante. Jaime pronto se recuperará por completo. Trata de ocultarlo pero estoy seguro que no pasa un solo segundo sin que su familia ocupe sus pensamientos. Espero sinceramente que algún día vuelvan a encontrarse. La pequeña Marta sigue sin poder mirar a su padre a la cara, sin embargo, aunque ella aun no sea capaz de verlo, él solo vive por y para ella. Puede no parecer mucho, pero hoy por hoy, ha de ser suficiente.

Sara y su hermano Eric parecían felices. Solo Dios sabe cuan duros fueron aquellos meses para ellos. Sin embargo esos interminables días de soledad quedaron atrás. Nuestro pequeño grupo de supervivientes los había acogido con los brazos abiertos, no volverían a estar solos y eso era algo que agradecerían siempre. Quien sabe si el pequeño Eric volverá a hablar algún día, era algo que ya tan sólo dependía de él.

Casi parecíamos una gran familia. Una familia lejos de resultar perfecta, con ciertos problemas, pero ¿que familia no los tiene? Una familia al fin y al cabo a la que yo pertenecía. La primera familia cercana a parecer auténtica desde que perdí la mía. Fueron buenos instantes. Muy buenos. Los mejores que soy capaz de recordar.

La velada duró hasta bien entrada la noche, pero finalmente cansancio y el sueño pudo con nosotros. Poco a poco todos se fueron retirando hasta que únicamente quedamos el padre de Marta y yo en el salón. No nos teníamos mucha simpatía pero ambos teníamos ciertas cosas que aclarar.

-Fuiste tú ¿no? –Le inquirí sin ánimo de andarme por las ramas.

-Fui yo ¿que? –Contestó sin gana alguna de aparentar que no sabía a que me refería.

-Tú cambiaste el gasoil que introduje en las garrafas por gasolina la noche antes de que saliéramos. ¿No es verdad?

No contestó aunque no hizo falta, la respuesta era tan obvia que no era necesario ser pronunciada.

-Antes de salir me dijiste: “Conrad, no hagas estupideces ahí fuera” –Insistí – Al principio creí que me estabas deseando suerte “a tu manera”, pero ahora creo que me lo dijiste por que de algún modo sabías lo que me proponía.

-La explosión que escuchamos poco antes de que volvierais. –Dijo por fin – ¿Sigues insistiendo en que no sabes nada al respecto?

-Yo la provoqué. Volé mi coche y con él a todos los putos monstruos que se agolpaban a su alrededor. –Respondí sin tapujos.

-No sabía exactamente lo que pretendías –Se sinceró- Al principio creí que querías escapar sólo, pero con gasoil no ibas a llegar muy lejos siendo tu coche de gasolina. Entonces lo supuse. Lo que aun no comprendo es como alguien con ciertas nociones de guerrilla urbana como pareces tener… no sabías algo como que el gasoil no arde.

-Ya, yo tampoco. –Dije algo avergonzado.

-Lo que nos lleva a otro punto. Los planes, las bombas incendiarias, los itinerarios, las barricadas, los señuelos, el forzar cerraduras y todo lo demás. ¿Donde aprendiste esas tácticas? –Me interrogó.

-Tuve una adolescencia bastante jodida. E hice algunas cosas de las que ahora me avergüenzo. – Repliqué con cierto hastío- Pero ya pagué por todo aquello y no quiero tener que recordarlas.

-Tranquilo, no tienes por qué contármelo –Respondió alzando ambas manos en señal de calma.- Todos hemos hecho cosas de las que nos avergonzamos. Yo el primero y todos sabéis por qué. Sin embargo tendremos que aprender a vivir con ellas.

Supongo que aquel pobre hombre estaba disculpándose “a su modo” por lo que nos hizo pasar a todos unos meses atrás, en especial a su hija Marta. Se levantó de su asiento y apuró hasta el final la copa de güisqui que estaba tomando.

-Y tendremos que aprender a vivir con ellas por que lo hecho, hecho está. –Continuó diciendo- Ya llegará el momento en que debamos expiar nuestras culpas, pero tengo una hija y es cuanto me importa ahora, aunque ella me odie.

-Si… así es. –Afirmé rematando mi copa.

-Tu caso sin embargo… -Dijo tras meditar unos instantes – Es distinto. Tras salvar a esos dos chicos a riesgo de tu vida, hayas hecho lo que hayas hecho, ya no importa. Has redimido tus faltas, sean cuales fueran.

-Por qué me cuentas todo esto –Pregunté sin saber exactamente donde pretendía llegar.

-Por que esta noche te irás, ¿no es así? –Respondió con una agudeza tal que logró descolocarme por completo.

-¿Como…? –acerté a decir.

-Se que tu y yo no nos hemos llevado nada bien, pero aun así lamento tu marcha. Todos te tienen en gran estima.

No supe bien como, pero él lo sabía todo. Siempre he sabido que a pesar de ser una persona muy difícil, era inteligente y observador. Nadie más que él se había dado cuenta de la situación. Bostezó profundamente y se encaminó hacia su habitación, pero antes de salir se detuvo dándome la espalda bajo el dintel de la puerta.

-Ah, y Conrad… -Dijo una vez más antes de desaparecer por el pasillo- Gracias… por todo.

conrad_hart [userpic]

El sabor de la victoria

July 8th, 2006 (03:01 pm)

Me dejé caer contra una de las columnas que nos rodeaban y sequé el sudor de mi frente mientras trataba de sosegar mis nervios. Las manos me temblaban como hojas, la boca me sabía a sangre y los pulmones me pedían aire a gritos. Cuando levanté la vista observé una escena de lo más singular. Resollábamos pesadamente guardando un incómodo silencio mientras nos mirábamos los unos a los otros con las caras aun desencajadas por el miedo, el cansancio y la suciedad.

Todo había terminado y sin embargo, algo en nuestro interior aun nos mantenía en una enfermiza tensión. Es algo difícil de explicar, pero creo que ninguno de los presentes, ni Michel ni Natalia, ni la pequeña Marta ni su padre, ni nuestra nueva compañera ni su hermano Eric, ni tan siquiera yo mismo nos hacíamos la idea de que aquella pesadilla hubiera tocado a su fin. En el transcurso de aquellos escasos 60 minutos habíamos sufrido más angustia, terror, opresión y desespero que en toda nuestra vida.

El silencio se vio roto de improviso por el simultáneo chasquear de los walkies, la distorsionada voz de un intranquilo Jaime se hizo audible al unísono en los aparatos por encima de los jadeos y el insólito mutismo que nos oprimía.

-¿Han entrado ya? –Se podía intuir el miedo en la voz del viejo Jaime- ¡¡Contestad por favor!! ¿Me escucháis? ¡¡Que alguien me diga algo de una vez, demonios!!

Nadie movió un músculo. La escena continuaba inmutable entre miradas de incredulidad y nerviosos resuellos. Finalmente caminé los 4 pasos que me separaban del monovolumen de Natalia, introduje el brazo por la ventanilla y extraje de su interior el estridente aparato.

-Estamos todos dentro y…. – Dije mirando a mis camaradas arremolinados a mi alrededor sin creérmelo del todo aun.-estamos bien.

-¡¡Conrad!! ¡¡Maldito pirata!! -Respondió Jaime emocionado –¡¡Como me alegra volver a oírte!!

En ese instante el grupo por entero salió de la inexplicable catatonia. Michel empezó a reír entre dientes, risas casi inaudibles al principio, pero pronto subieron de tono hasta transformarse en sonoras risotadas, poco a poco todos nos fuimos uniendo a su ataque de risa hasta que el equipo en pleno estalló en un ataque de frenéticas carcajadas hasta el punto que tuve que sentarme en el piso por que las piernas no me aguantaban. Estábamos en casa y estábamos sanos y salvos.

-Y a mi oírte a ti viejo, enseguida estaremos arriba. Corto.

Continuamos regocijándonos hasta que no tuvimos fuerzas para continuar. Tras unos minutos de descanso nos dispusimos a cargar con nuestro tesoro escaleras arriba. Nos esperaba una tarde ajetreada. En el pasillo del segundo piso nos esperaba Jaime apoyándose en la rudimentaria muleta que le construí. Al vernos casi se cae de bruces al intentar venir corriendo a abrazarnos.

Falta nos hacía un lavado rápido y un cambio de vestuario. Estábamos empapados en sudor y nuestras ropas apestaban del olor rancio y avinagrado de la transpiración. Tras adecentarnos un poco continuamos con la tarea de carga y descarga. Habíamos recogido más víveres de los que consideré en un principio. Por un lado tendríamos avituallamiento para meses, pero por otro tanto viaje arriba y abajo estaba acabando con lo poco que quedaba de mí. Jaime se encargó de hacer el inventario.

Bajaba de nuevo al aparcamiento a por más cuando en mitad del rellano del 6º piso sentí un pequeño mareo. Me senté en las escaleras a esperar que se me despejara un poco la cabeza. El tobillo me dolía como mil demonios y tenía un poco de fiebre; en fin, supuse que dadas las circunstancias eso era lo de menos. Mis compañeros continuaban con el trabajo entre bromas y gritos de júbilo. Habíamos ganado esta batalla y ya lo estaban celebrando. Tenían derecho.

Escuché como unos pasos ligeros se detenían tras de mi. No me hizo falta volverme para saber de quién se trababa. Era nuestra nueva compañera. Se acercó a mi dubitativa y se sentó en mi mismo escalón con cierta timidez. Por primera vez pude fijarme en ella con calma. Tenía unos ojos preciosos, de un verde profundo que parecía no tener fondo. Su voz era dulce y melodiosa, como la de un ángel. Era realmente bonita y tímida hasta la seducción. Me gustaba, mucho, demasiado quizás. Me maldije a mi mismo por no haberla podido conocer antes de que la gran bomba de mierda nos salpicara a todos.

-¿Ya has conocido al resto? –Le pregunté por romper el hielo.

-Si… todos parecen buena gente –Contestó titubeante.

-Son todos muy buena gente. –Contesté - Bueno, todos menos el padre de Marta, ese es un imbécil.

-Verás… -Dijo ella tras unos durante unos segundos sin saber exactamente que decirnos.- Cuando viniste por nosotros… me dijiste que no te diera las gracias hasta que llegáramos a casa.

-Si, lo recuerdo.

-Bien… -Continuó ella. – Gracias. No se como decirte lo agradecida que estoy por que nos hayas rescatado a mi hermano y a mi… de no ser por tu ayuda…

-No tienes por que dármelas. –Dije suspirando profundamente– Por un instante estuve a punto de abando…

-Pero no lo hiciste – me interrumpió – Y por eso te estaré siempre agradecida. Siempre.

Se levantó de mi lado y se dispuso a continuar con el trabajo. Antes de que se separara dos pasos de mi caí en la cuenta.

-Espera. Aun no me has dicho tu nombre.

-Sara, me llamo Sara.

-Sara, es un bonito nombre –me dije a mi mismo cuando desapareció escaleras abajo.

conrad_hart [userpic]

La última batalla

July 5th, 2006 (04:10 am)

Suspiré profundamente. No se por que razón me sorprendía, tal y como se nos habían torcido las cosas hasta ahora no podría ser de otra forma. Desde que pusimos el primer pie fuera de nuestra fortaleza, nada, absolutamente nada nos había resultado fácil. Todos y cada uno de los pasos que dimos estuvieron recubiertos por un inacabable halo de contratiempos, problemas, imprevistos y putadas.

Tan solo nos restaba cruzar los portones del parking y cerrarlos a nuestras espaldas para concluir nuestra misión con éxito, sin embargo el destino nos reservaba un último desafío que afrontar. Dos solitarios sin nombre que palmoteaban con tesón sobre las puertas metálicas que bloqueaban el aparcamiento.

-Joder… Si es que no nos puede salir nada bien a la primera para variar… -dijo con resignación Michel cuando alcanzamos nuestro destino.

Uno de esos pavorosos seres, lo que en otro tiempo fue un adolescente ataviado con un inmundo uniforme de baloncesto, pareció interesarse por el ruido del motor del monovolumen y giró sobre sus talones. Nos observó atentamente a través del parabrisas de nuestro vehículo. No debía tener más de 15 o 16 años y no parecía tener heridas superficiales visibles. Sus ajironadas ropas de deporte no estaban manchadas de sangre aunque si tenían una gruesa casa de polvo y barro. De no haber sido por la lividez de su piel, lo mortecino de sus ojos anodinos y la dinámica de sus obtusos movimientos no hubiera sido capaz de distinguirle de una persona… viva.

El otro, un hombre de unos treinta y pocos años, ancho de espaldas y extremadamente alto, con dos o tres vértebras asomando de las profundas laceraciones de su espalda desgarrada, nos ignoró por completo. Continuó aporreando la puerta con la palma de su huesuda mano provocando un estridente sonido metálico.

-No pueden abrirnos la puerta con ellos aquí. –Expuse- si se nos cuelan dentro se acabó.

-¿Les atraemos y les paso por encima con el coche? -Propuso mi compañero.

-Olvídalo, con la suerte que tenemos quizás le provocaríamos una avería seria al monovolumen. –Objeté- Ahora que hemos perdido mi coche sólo nos queda esto y la van para salir de la ciudad.

-Y por supuesto, tampoco querrás usar la pistola. –Añadió Michel.

-Ahora que la mayoría de los sin nombre de los alrededores están migrando hacia el lugar de la explosión, prefiero no darles motivos para volver a rodearnos. –Aclaré.

El pequeño monstruo no nos concedió la ventaja de dar el primer paso. Lo que quedara de su mente llegó a la conclusión de que sería más sencillo alcanzar a unas presas a las que podía ver con sus propios ojos, aunque fuera a través de unas cristaleras, que otras atrincheradas y ocultas tras las puertas del aparcamiento. Se acercó a nosotros con paso dubitativo y pausado, como desconfiando de lo que percibía ante si.

Agarré un trozo de tubería de cerca de un metro de longitud que descansaba en el asiento trasero del nonovolumen, una de las rudimentarias armas que trajimos con nosotros desde el Servicio Estación. Ahora nos haría servicio.

-Acércate lentamente –Ordené a mi compañero- deja el vehículo bien encarado a los portones. Asegúrate de que cuando se abran estarás listo para entrar sin tener que maniobrar.

-¿Vas a enfrentarte a ellos? –Preguntó mi amigo con preocupación.

-Que remedio. –Respondí bajando la ventanilla dejando abierto el espacio justo como para poder sacar el brazo al exterior.

-Quizás debiéramos considerar otras opciones. –Trató de disuadirme.

-Michel, “El mejor modo de resolver una dicultad…”

-“Es no tratar de soslayarla” –Me interrumpió él.- Yo también he leído a Noel Clarasó, pero no creo que él se hubiera referido como “dificultades” a no muertos caníbales.

Michel encaró perfectamente el vehículo a la entrada del parking y lo detuvo dejando el motor en ralentí. La pequeña Marta nos observaba por las rejas de ventilación situadas por encima del portón. Comunicó a los demás nuestra llegada con emoción. Estarían preparados para darnos paso en cuanto se nos presentara una oportunidad, y como todas las oportunidades, siempre llegan antes si es uno mismo quien va en su busca.

El pequeño no muerto se lo estaba tomando con calma, así que decidí azuzarle un poco. Saqué la mano derecha por el hueco de la ventanilla y palmeé el capó del monovolumen tratando de incentivar al joven sin nombre a darse brío por alcanzarme.

-Saldré a ayudarte.- Dijo mi compañero agarrando un bate del asiento posterior del vehículo.

-No, concéntrate en volante. –Contesté- Si no me ves muy apurado no pongas un pié en tierra.

Cuando el joven ser empezó a rodear el vehículo en mi búsqueda, tiré de la manija de la puerta del coche y el anclaje se soltó dejándola libre. La mantuve cerrada aguantándola desde dentro con la maneta. Cuando el pequeño no muerto llegó a mi altura se abalanzó como un demente sobre la puerta lanzando un lastimero bufido. Flexionando ambas piernas empujé la puerta con todas mis fuerzas, esta se abrió de golpe lanzando de espaldas al no muerto sobre el asfalto.

Me apeé del monovolumen de un salto y blandiendo la cañería de acero no di opción al pequeño monstruo a incorporarse, le aplasté la cabeza de un golpe. Uno menos, quedaba otro. El altísimo sin nombre que restaba estaba avanzando hacia mi con gigantes pasos, una zancada de las suyas eran como una y media de las mías y parecía decidido a atraparme. Quien sabe si por vengar la muerte de su congénere o solamente obedeciendo sus instintos más primarios.

Caminé de espaldas a paso ligero alejándole cuanto más mejor de los portones del aparcamiento. Ahora era yo lo único que ocupaba su minúsculo cerebro de reptil. Lanzó un zarpazo que precariamente pude interceptar con la tubería. La cañería casi salió disparada de entre mis manos tras el golpe. Casi no fui capaz de concebir la idea, pero ese monstruo era fuerte, bastante más fuerte que yo. Trató de aferrarme con ambas garras, dando un salto hacia un lateral pude esquivar su embate y le golpeé con todas mis fuerzas en el estómago con el caño, pero ni tan solo se llegó a inmutar. Aquello se estaba poniendo realmente feo. Nunca pude imaginar que uno de esos seres torpes y tambaleantes tuviera capacidad de combatir.

El no muerto continuaba con su acometida lanzando un golpe tras otro sin encontrar nada más que aire entre sus garras. Sus brazos eran muy largos, pero afortunadamente no los sabía utilizar demasiado bien. Esquivarle no era del todo difícil de no ser por que los pulmones me abrasaban el pecho y el corazón amenazaba con salírseme por la boca.

Era una tarea agotadora, pero poco a poco iba alejándolo más y más de la entrada, hasta que por fin estuvo lo bastante lejos.

-¡¡¡AHORA!!! ¡¡¡ABRID LA PUERTA!!! –Gritó Michel a través del walkie.

La pequeña Marta se dio prisa por obedecer, ayudada por su padre tornó la puerta y cuando estuvo lo suficientemente entreabierta, Michel arrancó e introdujo al fin el vehículo dentro del aparcamiento. En ese preciso instante, el enorme sin nombre vaciló ante los repentinos movimientos que sintió a sus espaldas y se volvió dándome por un instante la espalda. Ese sería su último error. Así con firmeza la cañería y una abrasadora oleada de adrenalina recorrió mis venas cuando con toda mi alma le asesté un potente mandoble en la nuca.

La tubería se me escurrió de entre los dedos y cayó goteante al suelo junto al cadáver de aquel sin nombre, sumido por fin en el silencio absoluto.

Corrí sacando fuerzas de flaqueza y cuando hube atravesado el quicio del portón escuché como de inmediato se cerró tras de mi con un estridente golpe que resonó en eco por todo el aparcamiento.

Todo había acabado por fin.

conrad_hart [userpic]

¿Quien ha sido?

July 2nd, 2006 (05:07 am)

Michel tenía los 5 sentidos puestos en el volante. Avanzábamos rambla abajo por lo que antaño fue una fantástica vía peatonal con una lentitud que resultaba exasperante, pero no podíamos permitirnos tener prisas. Tal y como me imaginé, todo rastro de no vida en 20 manzanas a la redonda acudía en tropel hacia la zona cero de nuestra venganza. Por una parte es posible que los alrededores de nuestro rascacielos se viera bastante más libre, pero por otra estaba dificultando sensiblemente nuestro regreso.

Los había a izquierda, a derecha, en todas partes y donde mahoma dio las tres voces, casi todos ellos migraban con asombrosa tenacidad hacia donde su instinto les indicaba. Precisamente del lugar de donde regresábamos. Casi todas las calles estaban atestadas de nómadas, las carreteras estaban casi intransitables.

Continuamente debíamos improvisar nuevas rutas de regreso al encontrarnos constantemente con embotellamientos que no nos permitían llegar más allá. Algunos por culpa de los vehículos abandonados, otras veces por que las calles se encontraban cortadas, pero la mayoría de veces por toparnos de cara con las manifestaciones pro derechos de los sin nombre. Manifestaciones con las que preferíamos no solidarizarnos.

Habían pasado ya cerca de 15 minutos desde que nos separamos de nuestros compañeros de la van. A estas alturas estarían ya en casa y tremendamente angustiados por no saber nada de nosotros dos, especialmente tras escuchar la terrible explosión que provocamos. Seguramente se estarían imaginando lo peor. Había vuelto a conectar el walkie, pero no me devolvía más que estática, aun no estábamos en cobertura.

-Seguro que deben de estar preocupados. Natalia debe de estar subiéndose por las paredes, seguro –Comentó con resignación mi compañero.

-Y está lo suficientemente loca como para volver a buscarnos. –Añadí – Pero no te preocupes, en cuanto estemos lo suficientemente cerca podremos hablar con ellos por el walkie.

No podía sacarme de la cabeza lo que acababa de decirme Michel. El gasoil no arde a temperatura ambiente. Según él, si tiras una colilla de cigarro encendida dentro de un bidón de gasoil, esta se apagará sin llegar a prender el combustible. Era algo que no estaba dispuesto a comprobar, pero confiaba en su palabra. No se si esa característica del gasoil es algo que está en boca de todos pero yo no lo sabía y dados mis antecedentes me resultaba extraño no haber caído en ese detalle.

De hecho, no recuerdo que durante mi atribulada adolescencia hubiera hecho jamás una bomba incendiaria con gasoil, únicamente usábamos gasolina. Aceite de motor con gasolina, brea con gasolina, cera derretida con gasolina, jabón con gasolina, gel con gasolina… Joder, de joven hubiera podido recitar el “manual del pequeño bastardo” de memoria y jamás he caído en la cuenta que la palabra gasoil rara vez se pronunciaba.

La cosa estaba clara, lo que había en las garrafas que metí en el maletero de mi coche no era gasoil, si no gasolina. Sin embargo yo estaba del todo seguro que introduje gasoil en ellas, lo saqué del depósito de un TDI que había en el parking de nuestro bloque, no podía ser otra cosa si no es que su dueño era del todo imbécil. Y estaba seguro por que elegí (ahora se que era una elección del todo equivocada) gasoil por no malgastar gasolina, pues necesitaríamos cuanta tuviéramos para poder escapar de la ciudad. Estaba claro, no podía haber otra explicación.

-¿Quien ha sido? –me pregunté a mi mismo en voz baja sumido en mis pensamientos.

-¿Que?

-Alguien cambió el gasoil de las garrafas antes de que saliéramos. – Interpreté – Yo creí que nadie me había visto meterlas en mi coche, pero es obvio que alguien supo o imaginó que me proponía algo más.

- No puede haber obviedad mayor que esa –Apoyó la tesis mi amigo. – ¿Lo comentaste con alguien?

-Claro que no, no quería inmiscuir a nadie en esto. –Contesté.

Quedamos en silencio durante unos instantes. Michel doblo dos esquinas y tomó nuevamente dirección este por una callejuela estrecha y sucia pero libre de presencia no muerta, ya no estábamos lejos.

No podía quitármelo de la cabeza. ¿Quien podría haber sido? Michel y Natalia no, de eso podía estar seguro. De haberse imaginado lo que me proponía, me habrían metido la cabeza bajo el agua hasta que se me quitara la idea de la cabeza o hasta que dejara de patalear. Pero entonces… De repente lo tuve claro. No podía tratarse de otra persona, pero entonces… ¿Por qué?

-Ya estamos muy cerca –Dijo mi compañero rompiendo la calma.

-Si, tal vez lo suficiente –Respondí volviendo a conectar el wakie.

El pequeño aparato comenzó a crepitar con fuerza. Aun no devolvía más que una gruesa capa de ruido y parásitos, pero a medida que nos acercábamos una leve voz galvánica empezó a hacerse discernible tras la estática.

-***chel, Conr*** Me o*** Conte*** Donde esta***, contestad por favor est*** preocupados, responded.

A medida que nos acercábamos la voz de la pequeña Marta se hacía más inteligible. Pronto estaríamos en cobertura.

-Te oigo, estamos bien, llegaremos de un momento a otro, ¿me escucháis? –Dije a través del pequeño aparato con la esperanza de que ya estuviéramos los suficientemente cerca como para satisfacer las limitaciones de aquel juguete.

-Conrad, ¿estáis bien? ¿Donde demonios os habíais metido? ¿A dónde habéis ido? ¿Qué ha sido esa explosión? –La pequeña Marta parecía estar a punto de estallar en lágrimas.

-Estamos perfectamente, dimos un rodeo por que… por que creí haber visto más supervivientes –Mentí ante una sarcástica mirada de mi compañero – La explosión también la hemos oído, ha debido de ser cerca pero no tenemos ni idea de que puede haber sido. ¿Los demás han llegado ya?, ¿han llegado bien?

-Si, hace 10 minutos, estamos todo lo bien que podemos estar, aunque casi nos matáis del susto –Dijo una nueva voz se escuchó a través de las ondas, era nuestra nueva compañera, hablando seguramente por el otro walkie, también hecha un manojo de nervios. Era un alivio saber de ellos.

Michel dobló al sur en el siguiente cruce, que nos llevó directamente a calle que daba al parking de nuestro bloque, estábamos tan cerca de nuestro hogar que casi podíamos tocarlo con la yema de los dedos.

-Genial, preparaos para abrirnos la puerta, llegaremos en 10 segundos.

-Conrad, tenemos un problema -Dijo con voz desencajada la pequeña Marta - cuando retiré los portones para dejar entrar a la van, dos de esos monstruos nos vieron y han venido hacia aquí, ahora mismo los tenemos puerta con puerta.

MIERRRRDA…. Era lo que nos faltaba ya, ahora no podrían abrirnos.

conrad_hart [userpic]

Regreso a casa

June 29th, 2006 (01:22 am)

Un ensordecedor estruendo acompañó a una grandiosa deflagración. Una cegadora llamarada se elevó hasta la altura del primer piso de los edificios circundantes arramblando con todo cuanto cruzaba a su paso. Un sinfín de pedazos de carne podrida llameante, salieron despedidos en todas direcciones y en ninguna, acompañados de una multitud de trozos de chatarra.

Cuerpos mutilados volaron por los aires hasta que lo poco que quedó de ellos volvió a estamparse contra el duro asfalto. Sangre y acero, plásticos y tendones; restos calcinados de carne y huesos inundaban la pequeña plazoleta. Figuras grotescamente tullidas aun consumiéndose en llamas se arrastraban lastimeramente buscando un lugar mejor para morir.

Miembros amputados decoraban los balcones vecinos como un cuadro del hades. Las flamas continuaban extendiéndose de unos a otros como la peste, con la firme determinación de no dejar rastro de no vida. Aquellos no muertos que salieron mejor parados, recuperaban con dificultad la verticalidad apoyándose sobre sus agangrenados tocones, aun preguntándose que era lo que podía haber ocurrido.

Permanecimos sumidos en un receloso silencio, aun incrédulos ante la burrada que acabábamos de cometer. ¿Cuantos sin nombre habíamos mandado de vuelta al infierno? Cualquier cantidad.

Unas estridentes y descerebradas risotadas se apoderaron de nosotros, disfrutamos de la visión del averno no muerto entre gritos de júbilo. Finalmente habíamos ganado aquella pequeña batalla. Pequeña, en efecto, inútil, por supuesto, pero el sabor de la victoria me sabía dulce como la miel.

-¡¡¡A TOMAR POR CULO, JODIDOS MONSTRUOS!!! –grité sacando medio cuerpo por la ventanilla y mostrándoles con afán el dedo corazón de la mano derecha.

Michel miró hacia la parte trasera del vehículo y pudo comprobar como la puerta del maletero del monovolumen estada visiblemente deformada, ligeramente hundida hacia el interior de la carlinga debido al choque con la farola.

-¡Esto a Natalia no le va a gustar un pelo! –Dijo aun entre carcajadas.

-Pues seguro que no… ¡por que sólo lo tiene asegurado a terceros! –Contesté volviendo a deshacernos en unas sonoras risas.

Los sin nombre de los alrededores no tardarían en volver a concentrarse en aquella rotonda atraídos por el fugaz fragor y el calor de las llamas. En pocos minutos volvería a ser un hervidero de cadáveres andantes. No pude evitar considerar una verdadera lástima no poder repetir la jugada, pero tendría que conformarme con lo conseguido. Se ha de ser tan cauteloso en la victoria como en la derrota. Como dijo un escritor y teólogo francés llamado Fénelon: El verdadero medio para ganar mucho consiste en no querer nunca ganar demasiado. Lo mejor sería poner tierra de por medio cuanto antes.

-Regresemos –Propuse a mi compañero dándole unas amistosas palmadas en el hombro.

-Dime Conrad, ¿Cuanta gasolina has malgastado para montar esta hoguera de San Juan? –me interrogó Michel poniendo rumbo a casa.

-Sólo la que estaba en el depósito de mi coche, el resto no era gasolina, era gasoil –Contesté con cierto orgullo-

-¿Gasoil? ¿Cómo vas a haber usado gasoil? –Preguntó extrañado mi compañero sin apartar la vista de la carretera.

-¿De que me hablas? –Le inquirí yo aun más extrañado.

-El gasoil no arde a temperatura ambiente, amigo, ha de estar muy caliente para que prenda.

-¿¿¡¡COMO!!??

< back | 0 - 10 |